
Lecciones desde el subsuelo
Anne LaForti es una apasionada de la tierra dedicada a traducir las estrategias que usa la naturaleza en soluciones climáticas para ayudar a las comunidades a sanar y regenerar los sistemas de los que dependen.
¿Cómo sería una sociedad basada en la interdependencia? Me gusta pensar que una existencia así se parecería al mundo microscópico de los hongos del suelo; los hongos micorrízicos, para ser exacta. Estas redes ayudan a sostener los ecosistemas subterráneos al conectarse con las raíces de las plantas y transportar agua y nutrientes a través del suelo. Las redes miceliales participan en relaciones que, con frecuencia, son mutuamente beneficiosas, intercambiando recursos con las plantas de forma interdependiente.
¿Podrían las personas y las ciudades que llamamos hogar funcionar de una forma similar? En Los Ángeles, muchos de nosotros ya estamos explorando esa idea. Como una entusiasta de los hongos y una apasionada de la tierra dentro de la firma privada de consultoría e investigación Biomimicry 3.8, trabajo en un campo que busca inspiración en el mundo vivo para el diseño, la planificación urbana, la ingeniería y mucho más. Y hay tantísimo que la tierra puede enseñarnos.
Observo patrones miceliales reflejados en las redes de apoyo mutuo de mi ciudad y en las cicatrices que dejaron los incendios forestales de 2025. Las personas y las organizaciones con las que trabajo están conectadas con otras personas y proyectos, así que sin quererlo, el impacto de nuestro trabajo se expande por toda la ciudad, creando oportunidades compartidas y desafíos compartidos. Esto también espejea la labor invisible del micelio.


Mi interés por los hongos comenzó con una pregunta: ¿Cómo llegan los nutrientes a los alimentos? La respuesta está en los microbiomas del suelo: Un solo gramo de tierra puede contener miles de millones de microorganismos, incluyendo muchas millas de redes fúngicas. Al igual que los seres humanos, las comunidades del suelo dependen del agua, el oxígeno, el alimento (materia orgánica) y un hábitat físico. Estos ecosistemas nutren y sustentan la vida terrestre.
Esta nueva información me impulsó a dejar Chicago, donde trabajaba en sistemas alimentarios regenerativos, y regresar a California, donde nací y cursé mis estudios universitarios, para ayudar a devolverle la vida a sus paisajes. Me mudé a Pasadena, una ciudad en el Condado de Los Ángeles rodeada de zonas boscosas y humedales ricos en diversidad de micorrizas arbusculares microscópicas, según los mapas predictivos de la Sociedad por la Protección de las Redes Subterráneas (Society for the Protection of Underground Networks), una organización de investigación mejor conocida por sus siglas, SPUN. Actualmente participo en un proyecto de vital importancia cerca de Altadena, donde el Incendio Eaton quemó más de 9,400 estructuras en enero de 2025, dejando tras de sí toxinas domésticas como plomo y asbesto. Sustancias que, según se ha comprobado, los hongos pueden ayudar a eliminar de la tierra.


La ciencia mágica de los hongos
Todas las especies de hongos micorrícicos merecen nuestra atención: Se estima que las plantas de todo el mundo envían al subsuelo 13 mil millones de toneladas de dióxido de carbono al año, una cantidad equivalente a casi dos años de emisiones de Estados Unidos.
Pero hay muchas más cosas que los hongos micorrízicos y sus micelios hacen por nosotros y por las plantas con las que coexistimos. Para empezar, algunas especies de hongos pueden ayudar a eliminar metales pesados de suelos contaminados, muchas veces en conjunto con las plantas. La unión hace la fuerza, ¿no? Algunas especies pueden ayudar a descomponer compuestos derivados del petróleo, y los investigadores están estudiando cómo estas asociaciones podrían contribuir a la biorremediación de los suelos. Estos hongos restauran la calidad del suelo y permiten que la tierra participe en su propia sanación. Este es el trabajo que estoy acompañando en Altadena.


Los hongos ectomicorrícicos subterráneos (el tipo que suele producir las setas que vemos a simple vista) sirven como una vía de comunicación entre árboles, transfiriendo nutrientes y enviando señales para comunicarse entre sí. Esta idea es comúnmente llamada “wood wide web (la red neuronal de los bosques)”
Algunos estudios sugieren (aunque otros difieren intensamente) que los árboles madre—los más grandes y viejos de una comunidad forestal—pueden compartir su reserva de nutrientes con los árboles jóvenes y las plántulas a través de redes fúngicas compartidas. Las raíces de los árboles sólo llegan hasta cierto perímetro, pero las redes fúngicas extienden su alcance, ayudándoles a que accedan a agua y nutrientes más allá de los límites de sus raíces. En algunos casos, los árboles de un bosque comparten el agua con los tocones cercanos (los troncos que quedan tras cortar un árbol) para ayudar a mantenerlos con vida, colaborando para mantener saludable el bosque. Una vez que el tocón finalmente muere, su cuerpo se convierte en alimento, hábitat y refugio para otros hongos, pequeños insectos y animales.

Los hongos también podrían tener una de las claves para enfrentar una de las crisis ecológicas más urgentes de nuestro tiempo: el colapso de las colonias de abejas. El investigador Paul Stamets observó abejas recolectando alimento y bebiendo miconéctar del micelio, y más tarde estudió extractos fúngicos con científicos de la Universidad Estatal de Washington y el Departamento de Agricultura. Su estudio, revisado por pares, encontró que al alimentar a las abejas con estos extractos, se redujeron drásticamente los niveles de virus asociados al colapso de las colonias, en algunos casos hasta decenas de miles de veces. Resulta que los hongos no sólo ayudan a descomponer la materia y forman relaciones simbióticas: también son sanadores, pues producen compuestos con prometedoras propiedades antimicrobianas y antivirales. Pareciera que las abejas lo han sabido desde muchísimo antes que nosotros.
Fue la curiosidad la que me llevó a la biomímesis. Aprender sobre la relación entre las abejas y los hongos cambió algo en mí. No podía creer que un hongo estuviera ayudando silenciosamente a las abejas a sobrevivir y que los seres humanos apenas nos estuviéramos dando cuenta. ¿Cuántas otras alianzas como esta existen ahí afuera, esperando enseñarnos algo? El mundo vivo es realmente el mejor diseñador que tenemos, porque los sistemas naturales se han refinado a lo largo de 3,8 mil millones de años de evolución.
Lo que el micelio puede enseñarnos
Así como las redes fúngicas ayudan a los ecosistemas a prosperar al distribuir el apoyo dentro de ellos, nosotros también podemos. Este es el corazón de la infraestructura viva. Al igual que las redes micorrízicas, la infraestructura viva se trata de relaciones y comunicación. Es sobre descentralizar los sistemas y la toma de decisiones. El micelio forma redes ramificadas que se vuelven cada vez más finas conforme se expanden lejos de las raíces de las plantas, lo que les permite alcanzar hasta los rincones más pequeños del suelo. Esta estructura permite que el micelio recolecte agua y nutrientes que las plantas no podrían alcanzar por sí solas, para después compartirlos con ellas, ofreciendo un modelo de cómo las conexiones bien distribuidas y finamente conectadas pueden lograr hacer mejor uso de lo que ya existe.
Las aguas locales ofrecen un punto de partida para comenzar a aplicar el biomimetismo. Necesitamos agua para sobrevivir y necesitamos buenas redes para compartir el agua si realmente queremos prosperar. ¿Cómo podemos crear condiciones que favorezcan la vida alrededor de nuestras fuentes de agua? En un condado que bombea casi dos tercios del agua que consume a cientos de millas de distancia, los hongos micorrízicos nos proponen otra forma de pensar. Las raíces y las redes fúngicas trabajan juntas para hacer el máximo uso de la humedad que ya existe en el suelo, al tiempo que amplían el acceso de las plantas al agua y los nutrientes.
Esta no es una lección sobre la pureza o la culpa, sino un silencioso recordatorio de que los sistemas vivos perduran a través de las relaciones, la eficiencia y el intercambio. Las metáforas fúngicas nos invitan a imaginar formas hiperlocales de captar el agua de lluvia y sistemas de cuidado compartidos. En L.A., esa posibilidad podría comenzar con un mayor uso de sistemas de captación de agua de lluvia en casa.

Necesitamos captar agua en el lugar que habitamos, en lugar de depender de fuentes lejanas, lo que significa repensar nuestra relación con la tierra misma. El césped artificial repele el agua y hace muy poco por favorecer su infiltración, en comparación con los suelos vivos y los paisajes con vegetación. Lo que en realidad necesitamos son plantas sembradas directamente en la tierra, con sistemas de raíces profundas capaces de absorber agua, favorecer su infiltración, refrescar el entorno y devolver la humedad a la atmósfera mediante la evapotranspiración.
Para mí, el micelio es un proceso, no un objeto. Siempre está creciendo, respondiendo, reparando. La infraestructura viva funciona de la misma forma. No consiste en construir una sola estructura y terminar ahí; se trata de relaciones a largo plazo y de un cambio regenerativo, de sanar silenciosamente, persistentemente y sin mucho reconocimiento. Eso es exactamente lo que hace el micelio: sana.

Si deseas republicar este artículo, estaremos encantados de autorizar su reproducción. Solo envía un correo electrónico a info@livinginfrastructure.org.

Traducción por Dante UretaVerificación de datos a cargo de Sana VenjaraCorrección de estilo por Eleanor RobinsAnne LaForti es una apasionada de la tierra, entusiasta de la micología y biófila de corazón (amante de la naturaleza). Tiene una maestría en biomímesis y trabaja como gerente de proyectos en Biomimicry 3.8, donde impulsa innovaciones inspiradas en la naturaleza para el entorno construido y más allá. Tiene un interés particular por el conocimiento ecológico tradicional de los pueblos originarios, la jardinería, la permacultura, la agricultura urbana y regenerativa y el cultivo de alimentos ricos en nutrientes.Yessenia Funes es una periodista que desde hace más de 10 años ha cubierto temas ambientales desde la perspectiva de comunidades históricamente oprimidas. Ha escrito para Bloomberg, New York Magazine, Yale Climate Connections, Vox, entre otros. Actualmente vive en Nueva York, pero su trabajo la ha llevado alrededor del mundo, desde Cisjordania hasta la costa miskita de Nicaragua. También es artista y poeta, y publica un boletín creativo sobre el clima llamado Possibilities: a weekly postcard from a brokenhearted climate girlie (una postal semanal de una chica del clima con el corazón roto).
Alana Celii vive y trabaja en Los Ángeles. Su trabajo fotográfico ha sido publicado en diversos medios, incluyendo The New York Times, Atmos, Vogue, TIME y Harper's.


