
Todo parque necesita alguien que lo cuide
Yessenia Funes es una periodista independiente e hija de inmigrantes salvadoreños.
Imagina esto: en tu caminata rutinaria por el parque, ves una cara familiar. Cada mañana, la misma persona te saluda mientras riega el árbol de mangos. Es una persona mayor y solo habla español, pero después de un tiempo, te comparte su nombre. Usualmente lleva puesto un abrigo negro que dice “STAFF” en amarillo en la parte de atrás. La relación evoluciona más allá del “Buenos días” y, eventualmente, te das cuenta de que son vecinos. Te cuenta que este es su trabajo secundario, pero es más que eso. Es una labor hecha con amor.
Y ahí es cuando finalmente notas el logo en su camisa. Parece un amanecer. O una flor. O ambas cosas.

El Los Angeles Neighborhood Land Trust (LANLT) ha dirigido el programa de guardianes de parques desde su fundación, hace 24 años, con el propósito de fomentar la participación de los residentes en el cuidado de sus espacios verdes locales. Ocho parques, algunos propiedad del Land Trust y otros propiedad de la ciudad o el condado, pero administrados por la organización, cuentan con guardianes de medio tiempo remunerados que llegan para abrir las puertas cada mañana y cerrarlas por la noche. Entre sus tareas están recoger la basura, limpiar el graffiti, regar las plantas y repartir volantes de eventos.
“La mayoría de ellos tienen otros compromisos”, dice Mireya Valencia, directora del programa de guardianes de parques, en inglés. “En realidad, esto es una forma de generar un ingreso extra para sus familias.”
El puesto también es una oportunidad para conectar con la comunidad y con el resto del mundo vivo. La mayoría de los guardianes son inmigrantes de habla hispana, una población que enfrenta niveles desproporcionadamente bajos de acceso a espacios al aire libre. De acuerdo con datos federales de 2017, es más probable que las personas de color vivan en zonas con poco acceso a la naturaleza que las personas blancas. Este gratificante trabajo acerca a los guardianes a la tierra y a sus vecinos. Y eso, a su vez, beneficia al LANLT, que confía en que los parques estén al cuidado de las personas con mayor conocimiento y experiencia. Estos guardianes son en sí mismos una forma de infraestructura viva: cuidan el parque mientras invitan a sus vecinos a convivir con la flora y la fauna que les rodea.
“A través de este programa, pueden apropiarse del espacio, convertirse en líderes de su comunidad e invitar a otras personas a conocerlo, incluso a quienes quizá no tenían interés en la naturaleza o no se habían sentido bienvenidos en los espacios verdes”, dice Valencia. “No tenemos que hacer las cosas como siempre se han hecho. Con tan solo un poco de creatividad, podemos resolver la mayoría de nuestros problemas.”
A diferencia de los parques públicos tradicionales, donde un solo empleado suele ir de vecindario en vecindario para mantener distintos espacios verdes, cada parque del Land Trust tiene un guardián asignado. Y solo uno de los guardianes del Land Trust está a cargo de varios parques. Conoce a Adolfo “Fernando” Larios.
“Naciste para esto”

Larios, de 61 años, nació en un poblado agrícola en Los Tepames, Colima, México. De niño, pasaba mucho tiempo en el campo, ayudando a su papá a sembrar maíz. No tiene recuerdos claros de esa época, sólo las historias que su hermano mayor le cuenta. Siempre le ha atraído la tierra y ayudar a la gente. “Mi esposa me dice: tú naciste para esto”, dice Larios.
A los 18 años, Larios se vino a Los Ángeles. “Yo no quería venir”, dice, pero no le quedaba de otra. Su hermana y su esposo se iban y él no podía quedarse solo. Unos 10 años después, se casó con su esposa y más tarde tuvieron un hijo. Fue por esa época que Larios descubrió su primer parque en Koreatown: MC Francis.
El Land Trust administra el parque ahora, pero cuando Larios comenzó a relacionarse con él, estaba a cargo de una iglesia local. La Primera Iglesia Unitaria todavía se encuentra detrás del parque y Larios aún va cada sábado para ayudar a repartir comida enlatada y leche. Este vecindario es su casa; vive a una cuadra y tiene su propia parcela en el huerto comunitario del parque, donde cultiva chiles y maíz. El huerto fue lo que lo llevó a involucrarse en el programa de guardianes de parques del LANLT. Ahora el parque alimenta a muchos vecinos y cuenta con distintos tipos de árboles: manzanos, duraznos, naranjos, aguacates y guayabos. “La fruta es para la comunidad”, dice Larios.
La organización le preguntó si quería el trabajo porque todos los vecinos le conocían. “Es amigo de todos”, dice Valencia. Incluso de algunas de las pandillas locales. Solía verles a diario, tanto hombres jóvenes como mayores, y les decía que no podían fumar ni beber en el parque. Después de un tiempo, lo entendieron y se ganó su respeto. “Si no sabes quién cuida tu parque, es más probable que no respetes el espacio”, dice Valencia. “Pero cuando ves a alguien ahí y sabes quién se encarga de cuidarlo todos los días, es más probable que lo respetes y lo cuides”.
Cuando los muchachos ven a Larios cargando pesados costales de tierra, por ejemplo, lo ayudan a meterlos. Ya no los ve tan seguido estos días, pero nunca le han causado ningún problema.

“Me decían que yo era muy diferente a las demás personas. Siempre les saludaba”, dice Larios. “Y, pues, son seres humanos igual que uno”.
También es guardián del cercano Golden Age Park. El vecindario que rodea ambos parques está conformado en su mayoría por inmigrantes de México, Guatemala y El Salvador, dice Larios. Pasa la mayor parte del día trabajando en un almacén, su trabajo de tiempo completo, pero venir a los parques después de su jornada laboral siempre se siente como un respiro. “Aquí puedo tomar aire fresco y relajarme”, dice Larios. La gente es su parte favorita. Ha hecho amigos de todas las edades y procedencias. De hecho, es su compromiso con los vecinos lo que lo distingue, dice Valencia. “Sabe conectar con todo tipo de personas”.

Emiliano Nuna, de 57 años, tiene una parcela en el huerto comunitario de MC Francis. Ha llegado a conocer a Larios durante sus visitas para cuidar sus nopales y chayotes. “Cuando uno necesita algo, él siempre está pendiente”, dice Nuna sobre Larios. Nuna agradece tener un lugar limpio y seguro donde llevar a sus hijos para que pasen un rato al aire libre y se relajen. Larios ayuda a que eso sea posible. Pero no hace este trabajo a solas. LANLT está ahí para apoyarle en cada paso del camino. Al igual que los otros guardianes de parques, muchos de los cuales también son sus amigos. Como Maria Reyes.
“Nuestros niños pueden volver a ser niños”

Antes de que Reyes, de 57 años, comenzara a cuidar el Parque de 11th Avenue en Hyde Park, el espacio era un terreno baldío, lleno de tierra y muebles viejos desechados. La gente iba ahí a fumar y beber. "En esos tiempos, yo casi ni llegaba mucho al parque", dice Reyes. Tenía que irse en carro para llegar al área verde más cercano.
Luego el Land Trust arrendó la propiedad y la transformó por completo con la participación de la comunidad. Adela Reyes, hija de Reyes, aún recuerda lo mucho que su mamá trabajó, luchando por el parque y su comunidad. “No es nada tímida”, dice Adela sobre su madre en inglés. Eso fue hace más de 16 años.
Adela no tuvo la oportunidad de disfrutar de las ventajas de tener un parque cerca mientras crecía, pero su exposición a la organización comunitaria le ayudó a tener más confianza y a comenzar a alzar la voz. “En ese entonces, como no teníamos el parque, muchos jóvenes estaban ya sea uniéndose a pandillas o haciendo cosas que no deberían hacer porque no teníamos nada más que hacer”, dice Adela. Ahora, los niños tienen la oportunidad de dejar los aparatos digitales y jugar en la estructura de juegos con forma de araña.
“Nuestros niños pueden volver a ser niños”, dice Adela, quien ha visto a sus propios hijos crecer con menos miedo desde que el Land Trust transformó el parque.
Maria esparce su energía como puede, incluso en un club semanal de café que organiza bajo el enorme fresno del parque. El grupo está constituido mayoritariamente por mujeres (aunque el club está abierto a cualquier persona) quienes se toman su cafecito con pan dulce y tamales. “Tratamos de llevar un poquito de algo para compartir”.
Y esto es exactamente para lo que están pensados los parques, dice Valencia: “Para que la gente se reúna y haga comunidad”. Muchas de las comunidades a las que LANLT presta sus servicios no tienen un patio ni dinero para rentar un salón de fiestas; los parques son sus espacios para eventos.

Para Maria, los parques se han vuelto una forma de conectar con su pasado. Creció en Zacatecas, México. Le encantaba subirse a los guayabos y chapotear en el río. “A mí me encantaba la naturaleza”, dice Maria. Migrar cuando todavía estaba en la preparatoria interrumpió esa relación. “Aquí en Estados Unidos, es una vida que pasa tan rápido que no nos damos el espacio de pasar tiempo en la naturaleza ni disfrutar de todo eso porque aquí el tiempo se pasa rápido”, dice Maria. “Hay tantas cosas que hacer que a veces uno deja de lado las cosas que lo hacen sentir a uno más libre, más fresco”.
Las cosas simples de la vida le brindan felicidad: observar los cuervos y las ardillas. El tiempo que ha pasado cuidando el parque le ha ayudado a recordar quién era antes de mudarse a un lugar que no le era familiar y enfrentarse a todas las cargas y responsabilidades de la adultez. Está orgullosa de su trabajo y les muestra feliz el vibrante jardín de flores a sus familiares cuando la visitan de Tijuana.
Esa es la belleza del mundo vivo. Habla un lenguaje universal. Nos hace que bajemos el ritmo. Nos pide que hagamos una pausa y escuchemos. Los guardianes de parques del Land Trust saben cómo hacerlo. Las plantas y los animales son sus vecinos, después de todo.

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Fact-checking by SphericalCopy editing by Eleanor RobinsTraducción al español por Dante Ureta*Yessenia Funes es una periodista que desde hace más de 10 años ha cubierto temas ambientales desde la perspectiva de comunidades históricamente oprimidas. Ha escrito para Bloomberg, New York Magazine, Yale Climate Connections, Vox, entre otros. Actualmente vive en Nueva York, pero su trabajo la ha llevado alrededor del mundo, desde Cisjordania hasta la costa miskita de Nicaragua. También es artista y poeta y publica un boletín creativo sobre clima llamado Possibilities: una postal semanal de una chica del clima con el corazón roto.Carlos Jaramillo es un fotógrafo mexicano-colombiano estadounidense radicado en Los Ángeles. Su trabajo editorial y comercial ha aparecido en The New York Times, The New Yorker, Los Angeles Times, Rolling Stone, Vogue, The Guardian, and Smithsonian Magazine. Su práctica explora la identidad, el patrimonio y la intersección entre la tradición y la vida contemporánea. Jaramillo trabaja principalmente con retratos y fotografía documental. Sus imágenes retoman las cualidades formales de la historia del arte, sin dejar de estar arraigadas en las experiencias de la vida de las personas que fotografía. Su trabajo suele destacar a comunidades subrepresentadas y las formas en que la identidad cultural se expresa a través de los rituales, la moda y el entorno. Su reconocido proyecto “Tierra del Sol” documenta la charrería anual en Pico Rivera, California, combinando el retrato de estudio con un estilo vernáculo para rendir homenaje a una tradición cultural vibrante. El libro fue nombrado uno de los 10 mejores libros de fotografía de 2022 por Smithsonian Magazine y ha sido exhibido en Guerrero Gallery en Los Angeles, Selenas Mountain en Nueva York y en otros espacios internacionales. A través de su práctica, Jaramillo busca crear imágenes que trasciendan fronteras: obras que amplifiquen voces, preserven historias y cuestionen las narrativas convencionales sobre la identidad latinoamericana en Estados Unidos.


