
La higuera en la parada del autobús
Justine Norton-Kertson es coeditora en jefe de Solarpunk Magazine y editora en jefe de Android Press.
Marisol caminaba tranquilamente hacia la parada del 720 la tarde del martes con su carrito de las compras traqueteando detrás de ella. Un sombrero de paja sujeto a su plateado cabello protegía sus ojos del sol mientras esperaba al autobús. El autobús siempre venía tarde, así que cargaba con una vieja botella de horchata que llevaba llena de agua para alimentar la higuera que nadie había plantado en el baldío privado que se encontraba directamente detrás de la banca, al otro lado de la acera. Ella siempre se ocupaba de sus propios asuntos. Y sucedía que, entre sus asuntos, se encontraba la retorcida y polvorienta higuera. Las raíces del árbol levantaban la banqueta lo suficiente para convertirla en un peligro, pero su sombra caía exactamente donde la banca más se calentaba.
Marisol volteó la mirada a la calle y no vio el autobús, así que deserenroscó la tapa e inclinó la botella.
—Bebe, niño, antes de que llegue el autobús.
Otras personas que esperaban el autobús se acercaron a la higuera, lo que hizo que Marisol sonriera. La estructura de la parada estaba hecha de un plexiglás mugroso, con anuncios descoloridos y descascarados y un asiento de metal que quemaba la parte de atrás de tus muslos. Hojas verdes salpicaban las ramas en donde higos púrpura maduros crecían y desparecían antes de poder tocar el suelo. El letrero del autobús decía “720 - Wilshire / Valencia.” Pero la mayoría de la gente solo decía que se bajaba en la higuera.
Marisol enroscaba la tapa de nuevo en la botella mientras una camioneta se acercaba. Alguien con un chaleco de seguridad salió de ella. La persona sostenía un portapapeles, y en su placa de identificación decía “Cindy”. Mientras que por el asiento del pasajero, salía un arborista con una motosierra colgando al costado. Cindy entrecerró los ojos como si la tarde le hubiera insultado a propósito, mientras pegaba un aviso a la parada:
TREE REMOVAL IN PROGRESS FOR
VISIBILITY AND PEDESTRIAN SAFETY
TALA DE ÁRBOL EN PROCESO
PARA MEJORAR LA VISIBILIDAD
Y LA SEGURIDAD PEATONAL
이 나무는 시야 확보 및 보행자
안전을 위 해 제거될 예정입니다
—¿Qué significa esto? —preguntó Marisol, atónita—. ¿Solo vas a quitar el árbol así como así?
Cindy explicó la situación, hablando sobre el dueño de una propiedad privada que no quería que lo demandaran si alguien tropezaba con la banqueta levantada y se lastimaba. La voz gentil de Cindy solo hizo que la explicación sonara peor. Marisol casi podía imaginarla trabajando horas extras solo para cubrir al propietario que brillaba por su ausencia, probablemente un billonario al que no le importaba lo suficiente la comunidad para buscar una solución que no implicara matar el árbol.
—¿Quién se cree que es ese pendejo? —preguntó Marisol.
—A mi no me preguntes. Solo estoy haciendo mi trabajo —dijo Cindy—. Quizás luego considere plantar un reemplazo en el futuro.
El pavimento chisporroteaba como un sartén grasiento. Marisol miró calle abajo.
—Con este calor, no sé qué nos espera.

El arborista estaba llevando la mano hacia la cuerda de arranque de la motosierra, cuando un hombre llamado Sal dio un paso al frente.
—Espera —se acomodó su gorra de los Dodgers y entrecerró los ojos—. El verano pasado, ¿te acuerdas de aquella semana en la que la temperatura superaba los 38 grados todos los días? El autobús otra vez venía tarde.
—No me digas —dijo alguien entre la multitud que seguía creciendo.
Marisol soltó una risita.
—Podías oler los frenos quemándose en cada automóvil que pasaba. Tenía la playera empapada y pensé: “Bueno, hasta aquí llegué, parado en Wilshire en plena luz del día”—. Sal tocó la sombra del árbol con la punta de su zapato—. Esta sombra era justo lo que necesitaba. Me cubría los pies y las piernas, e incluso me regaló un higo.
Cindy bajó la mirada hacia su portapapeles.
—Entiendo señor, pero el retiro ya fue aprobado. Tengo un contrato.
Más personas se pararon a escuchar. Un autobús de otra ruta se paró también, con la puerta abierta. El conductor sacó la cabeza por la ventana.
—El primer año que dio frutos, todos creían que nos íbamos a morir si nos comíamos uno. —exclamó el conductor Marcus.
—Tu pensabas eso, Marcus —contestó Marisol.
Marcus sonrió.
—Pero tú te comiste el primero, Mar. Te paraste ahí y diste la primera mordida como Eva en zapatos ortopédicos.
Todos se rieron, incluso el arborista, aunque solo un poco.
—No alimenta a todos —continuó Marcus—, pero alimenta este lugar.
Una mujer llamada Eun-ha tocó la cinta desteñida por el sol, atada a la rama más baja del árbol.
—Puse esto aquí para mi madre. Esperaba aquí para sus sesiones de diálisis tres veces a la semana. Dios, odiaba estar enferma en público —Eun-ha sonrió—. Este fue el último lugar donde recuerdo haberla visto reír. Había una ardilla robando higos y Marisol dijo: ‘Mínimo di gracias, cabrón’. Mi mamá se atacó tanto de risa que casi se orina.
Una lágrima se abrió paso entre las risas de Marisol, resbalando por su mejilla. El arborista bajó la motosierra.
—Cuando mi madre murió, até esta cinta aquí. Y yo sé, yo sé… solo es un árbol. —Eun-ha tomó aire—. Pero algunas veces necesitas un lugar donde llorar tu pérdida que no sea un cementerio. ¿Sabes?
Cindy no escribió eso en su portapapeles. No había ninguna casilla en el formulario para ese tipo de respuesta.

Un padre joven llamado Alejandro, que sostenía la mano de un niñito en su uniforme escolar, fue el último en unirse al grupo. El niño tenía los ojos en las hojas del árbol. Sus dedos se movían en silencio.
—Mi hijo Gael, la pasaba bastante mal aquí después de la escuela. Era demasiado ruidoso y hacía un calor de la chingada. Cuando el autobús venía tarde, se ponía peor.
Gael tocó la corteza con dos dedos como si estuviera tomando el pulso de un paciente.
—Pero un día, comenzó a contar hojas y ver las hormigas mientras esperaba.
Alejandro volteó a ver a Cindy. No estaba enojado, solo estaba cansado de explicarles lo obvio a la gente con autoridad.
—La accesibilidad no son solo rampas y letreros. ¿No es así mijo? —Bajó la mirada hacia Gael.
—Setenta y dos —susurró el niño.
El arborista se rascó la cabeza y se sobó el cuello.
—Miren, realmente el problema es la banqueta.
Un murmullo recorrió a la multitud y levantó una mano.
—Lo siento, pero las raíces están levantando el concreto. Tarde o temprano, alguien va a tropezarse y se va a lastimar. Se junta un montón de agua cuando llegan los ríos atmosféricos. El agua llega hasta la banqueta y no tiene por donde irse. Se inunda todo este lado de la calle.
Cindy parecía aliviada, como si finalmente alguien la estuviera respaldando. El arborista miró al árbol.
—Está saludable. Ese es el problema. Está tratando de vivir en un lugar que no fue construído para dejarle crecer.
Marisol cruzó ambas manos sobre la agarradera del carrito.
—Entonces, denle un lugar donde vivir. ¿Y si le abrimos un hueco?
Cindy miró a Marisol.
—Lo siento, pero la instalación de un sistema de filtración natural no está contemplada en la orden de trabajo.
Pero el arborista se agachó bajo el árbol. Miró el pedazo de banqueta levantado y el canal seco. Luego miró la banca, atornillada demasiado cerca de la calle. Su expresión cambió.
—Ahí se encharca el agua —dijo Marcus, señalando a la orilla—, cada vez que llueve fuerte.
—Y la gente se tropieza ahí —añadió Sal—. No donde está la raíz, sino justo donde el pavimento se hunde.
—Creo que mi hermano tiene una sierra para concreto —gritó alguien.
—Hay espacio para mover la banca unos treinta centímetros hacia atrás —dijo Alejandro—. Si hacemos eso, la sombra lo cubrirá todo.
—Yo puedo regar el árbol los lunes —dijo Eun-ha.

Marisol los observó. Una sonrisa se asomó por sus labios. La parada del autobús se había convertido en una reunión sin que nadie la convocara. Pero el arborista de repente se desabrochó la motosierra de la correa, y por un instante que pareció eterno, Marisol estuvo segura de que se estaba preparando para cortar el árbol. Por las caras de la multitud, ellos pensaron lo mismo.
En lugar de eso, la puso en el suelo y se agachó cerca de la grieta de nuevo. Entonces levantó la mirada hacia Marisol.
—¿Dónde harías el primer espacio para captar agua?
Marisol miró alrededor: calle arriba, por el canal, debajo de la banca, más allá del letrero del autobús. Finalmente, señaló.
—Aquí, pero ancho. No como esos agujeritos tristes y pequeñitos.
El arborista sonrió. En ese momento llegó el 720, con las puertas abriéndose junto a ellos. Pero esta vez, nadie subió. Estaban demasiado ocupados trabajando juntos para salvar la higuera de la parada del autobús.
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Traducción por Dante UretaEdición de texto por Eleanor Robins*Justine Norton-Kertson es coeditora en jefe de Solarpunk Magazine y editora en jefe de Android Press. Sus cuentos han sido publicados por Utopia Science Fiction Magazine, World Weaver Press, entre otros. Su libro de no ficción, Utopian Witch: Solarpunk Magick to Fight Climate Change and Save the World, fue publicado por Microcosm Publishing en 2024, y su primera novela corta de terror, Gutterspace, será publicada el 13 de Octubre de 2026 por Star and Sabers Publishing. Puedes contactar a Justine en justinenortonkertson.com.“Roots of Cool: A Celebration of Trees and Shade in a Warming World" se presentó en colaboración con UCLA Luskin Center for Innovation, University of California Agriculture & Natural Resources, Los Angeles Center for Urban Natural Resources Sustainability, TreePeople, Arroyo Arts Collective, The Nature of Cities, Avenue 50 Studio, USC Public Exchange, ShadeLA, Dashboard.Earth, and Accelerate Resilience Los Angeles.


